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ENTREGA DE BANDERAS 2017

Ha llegado el comienzo de un fin. Las gargantas secas y el parpadeo constante de los ojos lo confirman. Tras años de un hermoso e intenso caminar las cortinas se están cerrando, para dejar abrir miles de ventanas que se aproximan. No obstante, es inevitable recrear en nuestra cabeza la síntesis de los anteriores años de vida, en qué nos hemos convertido y qué hemos aprendido. Ciertamente, la tabla periódica y los estados de la materia están en aquella lista, pasando por sintaxis, capitales y los procesos reproductivos. Pero ¿cuál es la esencia de todo eso? ¿Realmente se ha tratado solo de la obtención de conocimiento o hay algo más? La palabra que da respuesta a dichos interrogantes está contenida en un proceso que se ha inmiscuido en la sociedad colombiana, tanto como nuestros vallenatos tradicionales: la paz. Y es que como reflexionan cientos de intelectuales alrededor del mundo: este poderoso y complicado sustantivo tiene su origen en el individuo.

 

La paz está en un recinto que inculca el aprecio por el semejante tanto como la importancia de ayudar a su entendimiento de ciertos temas académicos. La paz está en profesores que dejan huella en sus alumnos, en aquellos que brindan herramientas para seguir luchando por grandes sueños, aun en los tiempos más difíciles donde usualmente el cielo parece estar constituido de una eterna oscuridad, olvidando que simplemente se trata de una noche que pronto se convertirá en día. Fue un honor compartir pacientemente la espera de ese amanecer junto a un profesor que a lo largo de los años creyó en nuestras capacidades y nos animó a explotarlas. Es una larga lista de docentes los que aportaron un ladrillo en la construcción del edificio de nuestros seres.

 

La paz está en un hombre llamado Henry David Romero (al cual le agradecemos por generar un entorno en el que nuestros sueños y objetivos pueden hacerse realidad), con una visión gigante y amplias expectativas, que junto a su familia siempre antepuso los valores intrínsecos al decidir quién pasaría las puertas de una institución diferente –porque sí, la paz también está en ser diferente-, una que ha sido fuertemente criticada por no clasificar a sus estudiantes –justo como se suele hacer en la sociedad colombiana- según sus ingresos económicos, su religión o su raza. Más bien los clasifica según sus deseos de triunfar, de servir, de encontrar su pasión e integrarla en los distintos ámbitos sociales y académicos. Porque la paz también está en la integridad, en conocer de todo un poco, pues sin conocer es fácil bien sea rechazar o aceptar sin analizar. Y todo lo anterior se generó en una pequeña escuela ubicada al sur de la capital.

 

La paz está en diecisiete personas que, por razones del siempre travieso pero sabio destino, juntaron sus caminos un día y desde ahí aprendieron a identificar los miedos y los sueños de los otros, que comprendieron que aun cuando el túnel era largo y oscuro, el humor –que sí, adivinaron, la paz está también en él- siempre puede encender una luz e iluminar los rostros de todos ellos. Que se enteraron de que juntos podrían llegar más lejos, que compartieron cada pequeño momento con una alegría y jovialidad clasificada como locura para algunos pesimistas del país, pero tomada como la herramienta más fuerte para los héroes de la nación. Que no se caracterizaron por ser más ovejas en el rebaño sino por querer lograr un cambio a través de la unión y el cariño mutuo. La paz está en que esas diecisiete personas hayan trabajado juntas para lograr creer en cosas inimaginables tanto para muchas voces externas como para ellos mismos. Porque como decía Jaime Garzón: “Yo creo en la vida, creo en los demás, creo que este cuento hay que lucharlo por la gente, creo en un país en paz, creo en la democracia, (…), creo que esto tiene salvación, lo que pasa es que eso es un norte demasiado largo”.Juntos hicimos que ese norte comenzara en el sur y no vamos a parar ahora.

 

 

Laura Trujillo Coronado

 

Grado 11º